Retomamos el post “Haciendo aceite” Primera parte.
Los fenicios fueron los grandes comerciantes de la antigüedad mediterránea. Llevaron el cultivo del olivo a las costas del sur de la Península Ibérica, actualmente Andalucía, hacia el siglo XI a. C., una de las principales zonas de producción del oro líquido.
Pero con los romanos, el consumo de aceite de oliva llegó a los confines del imperio, y el comercio del aceite se desarrolló como nunca.
Por nuestra parte, nos habíamos quedado en la obtención de la pasta una vez molida la oliva. Esta pasta la llevamos a la prensa hidráulica, que tiene un carro circular en el cual vamos insertando los espartines. Antiguamente, los espartines estaban hechos de esparto, pero en la actualidad se hacen de rafia, que se obtiene de una especie botánica de palma de África tropical del género Raphia, que, particularmente tratada, queda con un aspecto lúcido, rígido, ligero y resistente.

Cuando tenemos el carro cargado de espartines llenos de pasta, lo colocamos convenientemente en la prensa y comenzamos con el prensado. En un primer momento, y durante bastante tiempo a lo largo del proceso, sale muy poco aceite (lo que se llama aceite flor). Lo que obtenemos en mayor proporción es el alpechín, líquido negruzco que se compone de agua (83,3%), materia orgánica (15%) y minerales (1,8%). El alpechín, que es muy contaminante, lo reutilizan para compostar.

Y hasta aquí la segunda parte de este post, “Haciendo aceite”.
